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ACEITE MARINO

En los últimos años se han realizado numerosos estudios para demostrar la relación entre la dieta y las enfermedades cardiovasculares, las cuales son causa de mortalidad de casi un 50% de la población en los países industrializados.

En contraste, estas enfermedades tienen una incidencia de un 10% ó menos en poblaciones esquimales, algunas comunidades japonesas, noruegas, cuyas características comunes son las de consumir elevadas cantidades de pescados marinos, los cuales contienen altas cantidades de ácidos poliinsaturados de la serie Omega-3. Si estas poblaciones adoptan una alimentación distinta, estarían sometidos a un riesgo mucho más elevado de padecer dichas enfermedades cardiovasculares.

LOS ÁCIDOS GRASOS OMEGA-3 (ω-3)

Los ácidos grasos poliinsaturados, que son aquellos que contienen más de un enlace doble en su cadena de carbono, tienen un papel fisiológico importante, pues contribuyen a la fluidez, permeabilidad y actividad de las membranas celulares, y además son precursores de eicosanoides (prostaglandinas, leucotrienos, tromboxanos), moléculas con fundamentales acciones fisiológicas.

Los ácidos grasos poliinsaturados se agrupan en dos familias, según la disposición de sus dobles enlaces: ω-3 y ω-6. Al grupo ω-6 pertenece el ácido graso esencial linoleico (C 18:2), que debe ser incorporado por la dieta. Está presente en los aceites vegetales, y en el organismo se transforma en ácido γ-linolénico (GLA; C 18:3) del cual se forman las prostaglandinas (PG) de las series 1 y 2.

El ácido α-linolénico (C 18:3) pertenece al grupo ω-3. Como el ácido linoleico, tampoco puede ser formado en el organismo, por lo que debe ser aportado por la dieta, encontrándose en los aceites de semillas. En el organismo, este ácido graso se convierte, aunque mediante una reacción bastante lenta, en ácidos poliinsaturados de cadena larga que son el ácido eicosapentaenoico (EPA; C 22:5) y el docosahexaenoico (DHA; C 22:6). Estos dos ácidos grasos abundan en los aceites de pescados grasos como el salmón, por lo que pueden ser aportados mediante la dieta o suplementos alimenticios. EPA y DHA dan lugar a prostaglandinas de la serie 3. Mientras que las PG de la serie 2 son proinflamatorias, vasoconstrictoras y favorecedoras de la agregación plaquetaria, las PG de la serie 3 son antiinflamatorias, antiagregantes y vasodilatadores. Este hecho ilustra la importancia que tiene el adecuado balance entre los ácidos grasos ω-3 y ω-6. El desequilibrio entre estos dos tipos de ácidos grasos por un déficit de ω-3, se asocia con enfermedades cardiovasculares, artritis y otros desordenes inflamatorios. Un nivel bajo de DHA se relaciona con disminución de la habilidad de aprendizaje, pérdida de memoria y disminución de la función visual (1).

EFECTOS DE LOS ÁCIDOS POLIINSATURADOS OMEGA-3

Sobre el colesterol, triacilgliceroles y la presión arterial

Varios estudios han revelado que los ácidos grasos Omega-3 disminuyen la tasa de triacilgliceroles (TAG) en plasma, sirviendo para controlar este parámetro en pacientes hiperlipidémicos. EPA y DHA disminuyen los TAG y el nivel de VLDL-colesterol; se incrementa la HDL-colesterol y la apoproteína apo-B. Hay un ligero aumento de las LDL, pero no es significativo (2, 3).

Un estudio llevado a cabo sobre 27 pacientes con altos niveles de colesterol y TAG por investigadores del hospital Ramón y Cajal de Madrid mostró que el aceite de salmón puede ayudar a controlar estos parámetros en pacientes hiperlipidémicos (4). Un meta-análisis realizado por el Dr. Friedberg y sus colaboradores del Departamento de Medicina Interna del Ziekenhuis der Vrije Universiteit de Ámsterdam, señaló la utilidad del aceite de pescado para tratar las dislipemias asociada con la diabetes (5).

Puesto que la aterosclerosis (estrechamiento de las arterias por depósitos de colesterol) es causa de enfermedades cardiovasculares, la ingesta de aceite de salmón ayuda a prevenirlas. Además, se ha comprobado en pacientes hipertensos normolipidémicos que EPA y DHA disminuyen la presión sistólica y la diastólica (6).

Sobre la función plaquetaria

EPA y DHA previenen la agregación plaquetaria, pues se forman prostaglandinas de la serie 3, que son antiagregantes. De este modo disminuye la formación de trombos que pueden obstruir las arterias y producir una trombosis. Además, se forma menos ácido araquidónico, que es precursor de los eicosanoides de la serie 2, que son agregantes y proinflamatorios (7).

El aceite de salmón, rico en EPA, modifica los fosfolípidos de las plaquetas, lo que se traduce en una alteración de los tiempos de coagulación, que se alargan, y de la función plaquetaria en general (7).

Sobre el sistema inmunitario

Los ácidos grasos Omega-3 de origen marino disminuyen la producción de citoquinas proinflamatorias en células del sistema inmunitario. El profesor Meydani y sus colaboradores observaron que desciende la producción de IL1, IL6, IL2 y TNF-α, y esto contribuye a la disminución de la patogénesis de enfermedades inflamatorias y ateroscleróticas.

INDICACIONES

Las perlas de Aceite de Salmón marino contienen aceite de salmón, rico en Omega-3, con un elevado contenido en DHA y EPA, reforzado con vitamina E, un excelente antioxidante que mantiene las propiedades del Aceite de Salmón. Es un excelente complemento dietético, indicado en las siguientes situaciones:

Regular los niveles de colesterol y triglicéridos, mejorar el estado del corazón, arterias, coagulación sanguínea, presión sanguínea, sistema inmunológico, procesos degenerativos, etc.

CONTRAINDICACIONES

Debido a su actividad antiagregante, debe evitarse el consumo de Aceite de Salmón, junto con medicamentos anticoagulantes. También deben tener precauciones al ingerir este producto en caso de embarazo y en adolescentes.

Consulte siempre a su profesional de salud.

MODO DE EMPLEO

De 4 a 6 perlas/día.

PRESENTACIÓN

Tarro de 225 perlas de 710 mg., más 20 mg. de Vitamina E natural.

REFERENCIAS

1. Crawford M.Am. J. Clin. Nutr. 57 (suppl): 703 S-10S (1993).

2. Sanders TA y cols. J. Intern. Med. Suppl. 225 (731): 99-104 (1989).

3. Weber P y cols. Nutr. Metab. Cardiovasc. Dis. 10 (1): 28-37 (2000).

4. Pérez Corral F. y cols. An. Med. Interna; 7 (6): 299-303 (1990).

5. Friedberg CE y cols. Diabetes Care; 21 (4): 494-500 (1998).

6. Prisco D y cls. Thromb. Res.; 91 (3); 105-12 (1998).

7. Goodnight SH Jr. y cols. Blood; 58 (5): 880-5 (1981).

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